sábado, 7 de septiembre de 2013

LA NATIVIDAD DE MARÍA: EL DESQUITE DE DIOS

El 8 de septiembre la Iglesia celebra la natividad de María Santísima. He aquí unos hermosos párrafos de una homilía del Venerable Pablo VI, pronunciada el  8-IX-1964; merecen ser meditados en el cumpleaños de Nuestra Señora.  

«La aparición de la Virgen en el mundo fue como la llegada de la aurora que precede al sol de la salvación, Cristo Jesús, como el florecimiento sobre la tierra, llena del fango del pecado, de la más hermosa flor que haya brotado en el devastado jardín de la humanidad.
Es decir, el nacimiento de la criatura humana más pura, más inocente, más perfecta, más digna de la definición que Dios mismo había dado del hombre al crearlo: imagen de Dios, semejanza de Dios, es decir, belleza suprema, profunda, tan ideal en su esencia y en su forma y tan real en su expresión viviente, que deja intuir que tal primera criatura estaba destinada, por un lado, al diálogo, al amor de su Creador en una inefable efusión de la beatísima y beatificante Divinidad y en una abandonada respuesta de poesía y de alegría, como es el Magníficat de la Virgen, y destinada, por otro lado, al dominio real de la tierra.
Aquello que aparecería y se desvanecería miserablemente en Eva, por un designio de la infinita misericordia, podríamos decir casi que por un propósito de revancha –como el del artista que, al ver destruida su obra, quiere rehacerla, y la reconstruye más hermosa aún y más de acuerdo con su idea creadora–, Dios lo hizo revivir en María. “Con la cooperación del Espíritu Santo la preparaste para que fuera una digna morada de tu Hijo”, como dice la oración.
Y hoy, día dedicado al culto de este regalo, de esta obra maestra de Dios, recordemos, admiremos y alegrémonos porque María ha nacido, porque María es nuestra, y porque María nos devuelve la figura de la humanidad perfecta en su inmaculada concepción humana, que está plenamente de acuerdo con la misteriosa concepción en la mente divina de la creatura reina del mundo.
Y María, como nuevo motivo de gozo, de gozo encantador para nuestras almas, no detiene en sí nuestra mirada, sino que la invita a mirar más adelante, al milagro de luz, de santidad y de vida que ella anuncia al nacer y que llevará consigo: Cristo, su Hijo, Hijo de Dios, del que ella misma todo lo ha recibido. Éste es el célebre milagro de gracia que se llama Encarnación y que hoy se nos presagia anticipadamente en María, antorcha portadora de la luz divina, puerta por la que el cielo descenderá a la tierra, madre que da vida humana al Verbo de Dios, nuestra salvación».


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