sábado, 16 de septiembre de 2017

CARTA DE CIPRIANO A CORNELIO

Hoy, fiesta de los santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo de Cartago, la liturgia de las horas nos ofrece un impactante testimonio de la unidad y firmeza en la fe que entrelazó la vida de estos dos grandes pastores de la Iglesia primitiva. Solo la unidad en la fe robustece al Cuerpo místico de Cristo, creando en sus miembros la admirable disposición de morir por la Verdad.

Cipriano a su hermano Cornelio:

Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión, que nos consideramos partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las alegrías de sus otros hermanos?
No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza: de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a su vez robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo, precediéndolos en el camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los que te siguieran, y ha sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho de que te mostraras tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos; y, así, no sabemos qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe generosa y firme o la inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado públicamente comprobada la fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo y ha quedado de manifiesto la unión entre los hermanos que han seguido sus huellas. Por el hecho de tener todos vosotros un solo espíritu y una sola voz, toda la Iglesia de Roma ha tenido parte en vuestra confesión.
Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado, aquella fe vuestra, de la que habló el Apóstol. Él preveía, ya en espíritu, esta vuestra fortaleza y valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que más tarde había de suceder, atestiguando vuestros merecimientos, ya que, alabando a vuestros antecesores, os incitaba a vosotros a imitarlos. Con vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a los demás hermanos un magnífico ejemplo de estas virtudes.
Y, teniendo en cuenta que la providencia del Señor nos advierte y pone en guardia y que los saludables avisos de la misericordia divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra lucha y combate, os exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado, por la mutua caridad que nos une, a que no dejemos de insistir junto con todo el pueblo, en los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas celestiales, que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son las defensas espirituales y los dardos divinos que nos protegen.
Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia. (San Cipriano, Carta 60, 1-2. 5: CSEL 3, 691-692. 694-695).

lunes, 11 de septiembre de 2017

«EN SUS SANTAS Y VENERABLES MANOS» (II)

Quizá algún celoso liturgista justificaría la omisión a las manos santas y venerables de Cristo en las nuevas plegarias eucarísticas, alegando que no se encuentra en los relatos del nuevo Testamento. Cierto, pero la liturgia nunca ha sido un «copy-paste» de la Escritura; hace años lo hacía notar G. Chevrot en su hermoso libro sobre la Misa: «Releamos este texto, tan legítimamente querido por todos los cristianos: La víspera de Su Pasión (Jesús) tomo el pan en Sus santas y venerables manos. Nuestros cuatro Evangelios –y este es un hecho sobre el cual jamás se insistirá demasiado- no contienen ninguna palabra de alabanza dirigida a Jesús; sus autores se limitan a resumir unos hechos y unos discursos en un relato rigurosamente objetivo. Pero semejante reserva no se comprendería en el culto cristiano. Así el texto del Canon ha añadido dos adjetivos en homenaje al Salvador. Y más que para evocar el poder de las manos de Jesús, que, por haber devuelto la vista a los ciegos y la vida a los cadáveres, podían mandar a los elementos materiales, lo ha hecho para que admiremos cómo «Sus manos santas y venerables» estuvieron siempre al servicio de Su amor hacia nosotros» (Georges Chevrot, Nuestra Misa, Ed. Rialp, Madrid 1962, p. 233-234).

La fe en el portentoso milagro de la transubstanciación, obrado por primera vez en las mismísimas manos de Jesucristo, vuelve del todo comprensible el deseo de enriquecer el relato de la institución eucarística para su uso cultual. No extraña, por tanto, que desde temprana edad, los primeros cristianos, echando mano de elementos de la tradición, quisieran subrayar la majestuosidad de la persona de Cristo, cuando, en esa hora sublime, se disponía a instituir el Sacrificio de la Nueva Alianza. De este modo, en la mayoría de las anáforas de las grandes familias litúrgicas, encontramos que el relato de la institución viene introducido por una piadosa mención a la humanidad santa de Cristo, específicamente a sus manos sacratísimas y algunas veces a sus ojos. Veamos algunos ejemplos.

La anáfora de la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, quizá la más extendida en el oriente cristiano, introduce así el relato de la institución:

«…en la noche en que fue entregado –o más bien, se entregó a Sí mismo por la vida del mundo– tomó pan en sus santas, puras e inmaculadas manos, y dando gracias lo bendijo, lo santificó y partió, y lo dio a sus santos discípulos y apóstoles diciendo: Tomad y comed: éste es mi Cuerpo, que por vosotros es partido para la remisión de los pecados».

En la emblemática anáfora de San Basilio, leemos:

«Cuando iba, en efecto, a ir a su voluntaria, celebrada y vivificante muerte, la noche en que se entregó a sí mismo para la vida del mundo, tomó pan en sus santas e inmaculadas manos, mostrándotelo a ti Dios y Padre; dando gracias, bendiciendo, santificando, partiéndolo, lo dio a sus santos discípulos y apóstoles diciendo: "Tomad y comed, esto es mi cuerpo, partido por vosotros para el perdón de los pecados».

La anáfora de San Marcos, posiblemente una de las fuentes del Canon Romano, dice así:

«Porque el mismo Señor, y Dios, y Salvador, y Rey nuestro absoluto Jesucristo, la noche en que se entregaba a sí mismo por nuestros pecados y soportaba la muerte en su carne por todos, mientras estaba recostado con sus santos discípulos y apóstoles, tomando pan en sus santas, puras e irreprensibles manos, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Padre suyo, Dios nuestro y Dios de todos los seres, dando gracias, bendiciendo, santificando, partiéndolo, lo dio a sus santos y bienaventurados discípulos y apóstoles, diciendo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo, partido por vosotros y distribuido para el perdón de los pecados».

¡Cuánto respeto en esos adjetivos –auténticos dardos de amor– para referirse a las manos de nuestro Redentor! Bastaría este hermoso detalle de piedad litúrgica para preferir habitualmente el Canon Romano a las otras plegarias eucarísticas.

viernes, 8 de septiembre de 2017

LA MÁS HERMOSA FLOR


«La aparición de la Virgen en el mundo fue como la llegada de la aurora que precede al sol de la salvación, Cristo Jesús, como el florecimiento sobre la tierra, llena del fango del pecado, de la más hermosa flor que haya brotado en el devastado jardín de la humanidad» (Beato Pablo VI, Homilía 8–IX–1964).

«Que todas las cosas creadas canten y dancen de alegría, y  contribuyan adecuadamente a este día gozoso. Que hoy sea una y  común la celebración del cielo y de la tierra, y que cuanto hay en  este mundo y en el otro hagan fiesta de común acuerdo. Porque hoy ha sido creado y erigido el santuario purísimo del Creador de todas las cosas, y la criatura ha preparado a su Autor un  hospedaje nuevo y apropiado». (San Andrés de Creta, Sermón en la Natividad de la Siempre Virgen María)

jueves, 7 de septiembre de 2017

UNA EMOTIVA PRUEBA LITÚRGICA

Un profesor de religión, buen conocedor de la liturgia tradicional y de la música sacra, nos ofrece este emotivo relato testimonial, con toda su frescura de lo realmente vivido, sobre sus experiencias pedagógicas en materia de devoción y liturgia con niños de educación básica. Resulta esperanzador comprobar cómo a base de pequeños gestos se puede superar esa banalidad característica de nuestras liturgias juveniles. La experiencia infantil de lo sagrado, sin afectación ni artificiosidad alguna, expresada con la sencillez propia del alma infantil, se convierte muchas veces en lección madura para adultos y expertos.

 Nada más que un experimento (pero nada menos)

   Hago clases de religión a niños de 11 años en un colegio de hombres con formación católica. El colegio es bastante nuevo, lo que obviamente presenta ventajas y desventajas. Pero si hay algo positivo y desafiante que puedo rescatar, es que “está todo por hacer”, como me dijo la persona que me acercó a la institución. Y una de esas cosas por hacer es la Sagrada Liturgia y el estilo que va a ir adoptando el colegio a ese respecto. Con las riquezas que encierra el Misal Tradicional, consideraría una pena que por lo menos de vez en cuando no se celebrara la Santa Misa de acuerdo a dicho rito. Aunque por ahora no hemos llegado tan lejos, desde que trabajo en ese lugar he podido contribuir modestamente con algunos cambios que han ido siendo aceptados. «¿Por qué no dejamos los reclinatorios del oratorio siempre abajo? Será más evidente para los niños que delante de Jesucristo Sacramentado nuestra primera postura física ha de ser la de estar de rodillas», el director me miró pensativo y, después de unos segundos, me dio la razón. Primer triunfo. Después de esto, pensé, voy por algo más grande. «¿Qué tal si de vez en cuando aprovechamos que los reclinatorios de la primera fila se pueden separar individualmente y los ponemos como comulgatorios, para ayudar a mantener viva la piedad eucarística de los alumnos e intentar mitigar un poco los efectos negativos que producen en ellos los abusos con que es tratada la Eucaristía, a los que seguramente están expuestos?». Yo sabía que para él no era una pregunta fácil. «Lo voy a hablar con el capellán», me dijo el director. Nunca supe qué opinó el capellán del colegio, pero a las dos semanas de mi propuesta se instauró por primera vez esta práctica tan antigua y sencilla: la comunión de rodillas. No se hace diariamente, pero al menos una o dos veces por semana. Algo es algo. Para algunos podría parecer una pérdida de tiempo o una rigidez sin sentido, pero yo prefiero quedarme con la frase que me dijo uno de mis alumnos después de comulgar de esta manera: «Tiene mucho más sentido hacerlo así, profesor. ¡Aparte me acordé de mi Primera Comunión! ¿Va a ser siempre así de ahora en adelante?».

   A pesar del empeño que intento poner por recuperar estos «detalles», en el estado actual de las cosas, cuando el Rito Tradicional ha pasado a ser una pieza de museo en Chile, a veces me entra una cierta duda o inseguridad sobre si será normal tener una pasión tan personal y tan poco común por la Sagrada Liturgia y en especial por la Santa Misa en su Forma Extraordinaria. Algunos amigos se ríen de mí, diciéndome que ni siquiera los curas tienen una preocupación tan grande por estas cosas. Así fue como pensando en esto el otro día, mientras preparaba una prueba para mi curso, decidí agregar una «pregunta bonus» que no era obligatorio responder, pero que daba 5 décimas al que la respondía correctamente. Mis alumnos no lo sabían, pero mi propósito era descubrir en su inocencia si el sentido común de la Iglesia sigue brillando a pesar de que muchos lo quieren apagar desde hace años. La pregunta era la siguiente: «¿Por qué crees que la Iglesia celebró durante tantos siglos la Misa de espaldas al pueblo, con el sacerdote mirando hacia el Sagrario y la Cruz?». Había un espacio de cuatro líneas para responder. Mientras les repartía las pruebas, pensé que era muy difícil que me dieran respuestas coherentes. Pero yo no soy niño, y mucho menos inocente, así que me equivoqué, y mi sorpresa fue grande al ver que la gran mayoría del curso (unos 25 de un total de 34) respondió la «pregunta bonus». Y dentro de este gran porcentaje, otro altísimo número (unos 20) me dio una respuesta llena de sentido y en consonancia con lo que la Iglesia ha expresado desde tiempos inmemoriales con esta orientación.

   Copio textualmente (incluidos los errores de ortografía, que por esta vez pasé por alto) algunas de las respuestas más notables:

   «porque pensaban que era mala educacion darle la espalda a Dios, porque Dios es mas importante que todo el pueblo».

   «Para no darle la espalda a Jesús»

   «Porque es una ofensa darle la espalda a Jesucristo (…) y además asi el padre tenia menos distracciones».

   «Porque yo creo que creían que la Misa era para Dios y no para el pueblo».

   «Porque lo más importante de la Misa es Dios no las personas»

   «El sacerdote esta mirando a la Cruz y al sagrario, porque ahí es el centro de la Misa y el se está ofreciendo y hay que agradecerlo».

   «Para darle toda su atencion a Dios»

   «porque jesus era mas importante»

   «porque le hablaba a Dios»

   «Porque así miran a Dios».

   «porque el padre miraba a Jesus»

   Alguno pensará sin decírmelo (recordemos que estamos en Chile): «Lavado de cerebro o trampa; ¡seguramente en alguna clase les enseñó esta estupidez pasada de moda!». Mi respuesta es que se equivocan. Ni media palabra. De hecho, los únicos contenidos sobre la Misa que hemos visto hasta ahora se limitan a una clase y vamos avanzando recién en preguntas y respuestas de Catecismo sobre las cosas más fundamentales del Santísimo Sacramento. A quienes destronaron a Cristo de la Santa Misa, a mí mismo y a los amantes de la Tradición que a veces como yo se desaniman en el camino, vayan las palabras del único capaz de guiar a buen puerto a Su Iglesia:
   «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acoja el Reino de Dios como un niño no entrará en él» (Lc 18, 16-17).

lunes, 4 de septiembre de 2017

«EN SUS SANTAS Y VENERABLES MANOS» (I)


Es sabido que el corazón de la Eucaristía y de toda la Santa Misa está formado por el relato de la institución del Sacramento y las palabras de la consagración. En el Canon Romano  este relato, sin perder para nada su noble sencillez, está adornado por breves incisos que lo envuelven en una atmósfera de piedad y belleza majestuosa. Por lo mismo, es lamentable que estas hermosas paráfrasis, aun siendo brevísimas, hayan desaparecido en los relatos de las nuevas plegarias eucarísticas del misal de Pablo VI. Así, por ejemplo, frente al escueto y casi cortante «tomó pan» o «tomó el cáliz» de las demás plegarias eucarísticas, el relato del Canon Romano nos conmueve con sus expresiones llenas de devoción y valor estético:

«…tomó pan en sus santas y venerables manos
y, elevando los ojos al cielo,
hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso…»

«Del mismo modo, acabada la cena,
tomó este cáliz glorioso
en sus santas y venerables manos…»

No es de extrañar que algunos liturgistas, al tratar de la componente estética de toda auténtica liturgia, hayan visto en el relato del Canon Romano un paradigma de belleza ritual. He aquí un interesante texto sobre este punto:

«De manera verdaderamente extraordinaria, el Canon romano, en el momento del relato de la institución de la eucaristía, se muestra particularmente pródigo en detalles de carácter gestual; además, incluso en este texto tan austero y tan concentrado sobre la acción, resulta posible entrever una penetración estética fuera de lo común en la liturgia:
¡Qué majestuosidad –reconozcámoslo– en este relato a cámara lenta y qué complacencia inesperada de la mirada sobre una serie de gestos que, por añadidura, se encuentran en el corazón y en la cumbre de toda la gestualidad sacramental, lo cual tiene su importancia! Ciertamente esta prosa litúrgica es un florilegio de textos de la Sagrada Escritura, pero la cantidad de detalles sobre las circunstancias resulta de por sí significativa; la mención de los ojos elevados al cielo, inexistente en el relato de la institución, se ha tomado del relato de la multiplicación de los panes (cf. Mt 14, 19) y del comienzo de la oración sacerdotal del Señor (cf. Jn 17, 1). Por otra parte, nos hallamos ante una especie de síntesis de toda la gestualidad de Jesús. Además, ciertos adjetivos, por completo ausentes en los textos del Nuevo Testamento y que han sido añadidos de modo gratuito, constituyen de manera decisiva a orientar la evocación en el sentido estético; así, amén del praeclarum referido al cáliz, la expresión sanctas ac venerabiles, repetida dos veces, concentra la atención sobre las manos, órganos gestuales por excelencia. En definitiva, se trata de una verdadera celebración del gesto, importante en la medida en que traduce un proceso de elaboración a dos niveles: desde el material escriturístico disperso hacia la liturgia y desde la liturgia hacia la estética. El gesto de Jesús, estilizado de esta forma por el rito litúrgico (y aquí se comprende toda la importancia de la mediación ritual), hace posible una celebración puramente plástica. ¿Habrían podido Rembrandt o Philippe de Champagne representar la última cena con tal alarde y complacencia, si la evocación litúrgica no hubiera acentuado el aspecto estético del gesto de Cristo, implícito y latente en la letra de la Escritura?» (François Cassingena-Trévedy, La belleza de la liturgia, Ed. Sígueme, Salamanca 2008, p. 26-28. Los destacados son nuestros).

sábado, 2 de septiembre de 2017

DE LA EXPERIENCIA ESTÉTICA A LA RELIGIOSA

Interior de la catedral de Burgos

«El acercamiento a la religión por medio del arte no es capricho de esteta: la experiencia estética tiende espontáneamente a prolongarse en premonición de experiencia religiosa. De la experiencia estética se regresa como del atisbo de huellas numinosas». 

(Nicolás Gómez Dávila) 

jueves, 31 de agosto de 2017

OMISIONES DOLOROSAS

Sugerentes me parecen estas observaciones de Sandro Magister al reciente discurso del Papa Francisco sobre liturgia:

«Claramente no es obra suya. Nos referimos al discurso que el Papa Francisco ha leído el 25 de agosto a los participantes a la semana anual del Centro de Acción Litúrgica italiano. Un discurso lleno de referencias históricas, de citaciones doctas con sus correspondientes notas, sobre una materia que él nunca ha dominado.
Sin embargo, es posible captar silencios y palabras que reflejan muy bien su pensamiento.
Lo que ha dado más que hablar ha sido esta declaración solemne que ha hecho a propósito de la reforma litúrgica puesta en marcha por el Concilio Vaticano II:
"Podemos afirmar con seguridad y autoridad magisterial que la reforma litúrgica es irreversible".
Dicha declaración ha sido interpretada por la mayoría como una orden del Papa Francisco a detener la presunta marcha atrás iniciada por Benedicto XVI con el motu proprio "Summorum pontificum" de 2007, que restituía plena ciudadanía a la forma pre-conciliar de la misa en rito romano, permitiendo su libre celebración como segunda forma "extraordinaria" del mismo rito.
Efectivamente: en el largo discurso leído por el Papa Francisco se citan en abundancia a Pío X, Pío XII y Pablo VI. Pero, en cambio, ni una sola referencia a Benedicto XVI, grandísimo estudioso de la liturgia, o a su motu proprio, a pesar de que este verano se cumplía, precisamente, el décimo aniversario de su publicación.
Muy marginal es también la referencia a las enormes degeneraciones en la que ha caído, por desgracia, la reforma litúrgica post-conciliar, superficialmente denunciadas como "recepciones parciales y praxis que la desfiguran".
Silencio total también sobre el cardenal Robert Sarah, prefecto de la congregación para el culto divino, y sobre todo respecto a sus boicoteadas batallas en favor de una "reforma de la reforma" que restituya a la liturgia latina su auténtica naturaleza».

lunes, 28 de agosto de 2017

LOS ÚLTIMOS COMBATES DE AGUSTÍN

En el libro octavo de sus Confesiones, San Agustín nos hacer revivir el tremendo drama interior de sus últimos combates previos a su conversión. Páginas maravillosas que tocan las profundidades del corazón humano, y que han inmortalizado la vida cristiana como un arduo combate que tiene por fin descansar en Dios: quia fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te; porque nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. 
He aquí tres textos de esta incomparable obra de uno de los más grandes genios de la cristiandad.

«Y
a no tenía yo que responderte cuando me decías: Levántate, tú que duermes, y sal de entre los muertos, y te iluminará Cristo; y mostrándome por todas partes ser verdad lo que decías, no tenía ya absolutamente nada que responder, convicto por la verdad, sino unas palabras lentas y soñolientas: Ahora… En Seguida… Un poquito más. Pero este ahora no tenía término y este poquito más se iba prolongando» (San Agustín, Confesiones, VIII, 5).

«Y
 decíame a mí mismo interiormente: “¡Ea! Sea ahora, sea ahora”; y ya casi pasaba de la palabra a la obra, ya casi lo hacía; pero no lo llegaba a hacer. Sin embargo, ya no recaía en las cosas de antes, sino que me detenía al pie de ellas y tomaba aliento y lo intentaba de nuevo; y era ya un poco menos lo que distaba, y otro poco menos, y ya casi tocaba el término y lo tenía; pero ni llegaba a él, ni lo tocaba, ni lo tenía, dudando en morir a la muerte y vivir a la vida, pudiendo más en mí lo malo inveterado que lo bueno desacostumbrado y llenándome de mayor horror a medida que me iba acercando al momento en que debía mudarme. Y aunque no me hacía volver atrás ni apartarme del fin, me retenía suspenso. Reteníanme unas bagatelas de bagatelas y vanidades de vanidades, antiguas amigas mías; y tirábanme del vestido de la carne, y me decían por lo bajo: “¿Nos dejas?” Y “¿desde este momento no estaremos contigo por siempre jamás?” Y “¿desde este momento nunca más te será lícito esto y aquello?”… Tal era la contienda que había en mí mismo contra mí mismo» (Ibid, VIII, 11).

«M
as yo, tirándome debajo de una higuera, no sé cómo, solté la rienda a las lágrimas, brotando dos ríos de mis ojos, sacrifico tuyo aceptable. Y aunque no con estas palabras, pero sí son el mismo sentido, te dije muchas cosas como éstas: ¡Y tú, Señor, hasta cuándo! ¡Hasta cuándo, Señor, has de estar irritado No quieras más acordarte de nuestras iniquidades antiguas! Sentíame aún cautivo de ellas y lanzaba voces lastimeras: “¿Hasta cuándo, hasta cuándo, ¡mañana!, ¡mañana!? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin a mis torpezas en esta misma hora? (Ibid, 12)


sábado, 26 de agosto de 2017

EL SIGNIFICADO DE LAS SACRAS


L
a forma extraordinaria del rito romano es particularmente espléndida a la hora de vestir el altar para la Santa Misa. Mientras el novus ordo ha tendido a convertir el altar en una gran superficie prácticamente desnuda y fría, el vetus ordo tiende a adornar el altar con generosidad: crucifijo, candelabros, manteles, atril, flores, sacras…, más aun si en él descansa el sagrario. Cada objeto, perfectamente dispuesto, manifiesta la fe y el amor con que la Iglesia quiere adornar para su Dios este nuevo Gólgota donde Cristo renueva su Sacrificio.
Entre los implementos que visten el altar están las sacras. Las sacras o tabellae secretarum (tablas de oraciones secretas) son tres pequeños cuadros con las oraciones que el sacerdote debe decir de modo que pueda leerlas sin necesidad de recurrir al Misal. El arte cristiano ha producido sacras verdaderamente hermosas.
El misal únicamente prescribe una, que se coloca al centro del altar (al pie del crucifijo o delante del sagrario), donde junto a varias otras oraciones siempre se graban las palabras de la Consagración. Su principal objeto es que el sacerdote pueda leer ahí la fórmula consagratoria sin tener que volver la mirada al misal. Hermoso detalle de la Iglesia madre para con el celebrante: facilitarle leer las palabras de la consagración sin dejar de contemplar las especies sagradas; pronunciar y mirar al mismo tiempo.
Además de esta sacra central, es costumbre poner otras dos. Una a la derecha del celebrante, en el «lado de la Epístola», en donde se imprime la oración del Lavabo (Lavabo inter innocentes manus meas…), y otra a la izquierda del celebrante, en el «lado del Evangelio», en donde se imprimen los primeros versículos del Evangelio de San Juan (In principio erat Verbum…), el llamado Prólogo, que se lee al final de la Misa.
Aquí también se podría hablar de un proceso irreversible: la misa actual solo puede enriquecerse contemplando la «sacra» de la misa tradicional.



Sacras del Tesoro de la Residencia
(antiguo palacio de los reyes de Baviera, Múnich)

jueves, 24 de agosto de 2017

EL HALLAZGO DEL CÁLIZ

Cáliz del cardenal Cisneros
Convento de las Agustinas Recoletas (Madrid)

Otra joya que adorna el ofertorio de la forma extraordinaria del rito romano es la oración para la ofrenda del vino. Concisa y profunda, reza así: 

Offérimus tibi, Dómine, cálicem salutáris, tuam deprecántes claméntiam: ut in conspéctu divinae majestátis tuae, pro nostra, et totíus mundi salúte cum odóre suavitátis ascéndat. Amen.

Te ofrecemos, Señor, el cáliz de salvación, implorando de tu clemencia que llegue en olor de suavidad hasta la presencia de tu Divina Majestad, por nuestra salvación y la del mundo entero. Amén.

Es probable que la recitación piadosa de esta hermosa oración durante largos años, influyera en aquel hallazgo casi «místico» que Romano Guardini experimentó del vaso sagrado que llamamos cáliz –receptáculo del precio de nuestra salvación–, y que recogió en una de sus obras litúrgicas:
«Una  vez, y de esto hace ya largo tiempo, hallé el cáliz. Ver, eso sí, muchísimas; pero hallarle, en Beuron fue la primera, visitando el tesoro de la sacristía, que el monje encargado de guardar los objetos del culto me enseñó gentilmente». Luego de una descripción detallada del cáliz que tenía ante sus ojos, añade:
«¡Ah, y cómo en aquella ocasión sentí el sagrado misterio! Como si el tallo sustentador brotara de honda y sólida base, con fuerza severamente concentrada, y de él floreciera aquella figura, que tiene un sentido único: recoger y guardar. ¡Oh, tú, santo y sagrado arcano, Cáliz que en tu fondo resplandeciente escondes el tesoro de las gotas divinas, el misterio inefable de la sangre dulce y fecunda, puro fuego y puro amor! Y proseguía el discurso... Mas, no; que ya no era discurrir, sino sentir y contemplar. ¿No está ahí el mundo? ¿Y la creación entera, que, en último término, sólo tiene un sentido? El hombre, en carne y hueso, en cuerpo y alma, con su corazón palpitante... ¿No dijo San Agustín con frase grandiosa que lo más hondo de mi ser de hombre consiste en que soy capaz de abarcar a Dios»? (Romano Guardini, Los signos sagrados, Ed. Litúrgica española, Barcelona 1965, p. 102).

martes, 22 de agosto de 2017

REINA Y SEÑORA DE TODO LO CREADO


Es justo que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo coronen a la Virgen como Reina y Señora de todo lo creado.
—¡Aprovéchate de ese poder! y, con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. —Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes.
—¡Anímate!

(San Josemaría Escrivá, Forja n° 285)

lunes, 21 de agosto de 2017

SAN PIO X, DEFENSOR DE LA DE

Deus, qui ad tuéndam católican fidem,
et univérsa in Christo instauránda beatum Pium papam
cælesti sapiéntia et apostólica fortitúdine replevíste,
concéde propítius,
ut, eius institúta et exémpla sectántes,
præmia consequámur ætérna. Per Dóminum.

San Pío X, retrato al óleo de fray Pedro Subercaseaux (1911)

Dios nuestro, que para defender la fe católica
e instaurar todas las cosas en Cristo,
colmaste de sabiduría divina y de fortaleza apostólica
al Papa san Pío X,
concédenos que, siguiendo sus enseñanzas y ejemplos,
alcancemos la recompensa eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.
(Oración Colecta)

viernes, 18 de agosto de 2017

SAN ALBERTO HURTADO: ¡MI MISA ES MI VIDA!

Extracto de una meditación sobre la Eucaristía de San Alberto Hurtado, santo jesuita chileno, apóstol de Jesucristo y servidor de los más necesitados. En la santa misa encontró Alberto el centro y la fuerza de su vida cristiana y sacerdotal; en la misa alcanzó su identificación con Cristo Sacerdote y Víctima.  

«E
l sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo; de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados en Cristo y con Cristo.

De dos maneras puede hacerse esta actualización. La primera es ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo, por lo mismo que también es nuestra inmolación. La segunda manera, más práctica, consiste en aportar al sacrificio eucarístico nuestras propias inmolaciones personales, ofreciendo nuestros trabajos y dificultades, sacrificando nuestras malas inclinaciones, crucificando con Cristo nuestro hombre viejo. Con esto, al participar personalmente en el estado de víctima de Jesucristo, nos transformamos en la Víctima divina. Como el pan se transubstancia realmente en el cuerpo de Cristo, así todos los fieles nos transubstanciamos espiritualmente con Jesucristo Víctima. Con esto, nuestras inmolaciones personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo, quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros.

¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana! La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios que consumar y ofrecer en la Misa.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!».

Ornamentos sacerdotales utilizados por San Alberto Hurtado (Museo Santuario Padre Hurtado en Santiago de Chile, lugar donde se veneran sus restos sagrados)





jueves, 17 de agosto de 2017

EXTRAÑA PERFORMANCE EN IGLESIA JESUITA

Un amigo –de paso por Múnich– me envía unas fotografías de la extravagante performance con que se topó al visitar la Iglesia de San Miguel (Michaelkirche) en pleno centro de la capital de Baviera. Se trata de uno de los templos jesuitas más grandes y llamativos del mundo, erigido entre 1583 y 1597 como foco espiritual de la Contrarreforma. Sin salir de su asombro, mi amigo no logró recabar mayor información a qué se debía tal adefesio; no obstante, a estas alturas, a nadie debería extrañar que ciertas iglesias alemanas estén convertidas en galerías de arte contemporáneo, con olvido total del carácter sagrado de los recintos destinados al culto. En todo caso, las sucias camisetas que cuelgan en ese presbiterio de majestuosidad barroca y la cabeza del decapitado que yace en el suelo, parecen mostrar con refinamiento artístico la descomposición galopante de la iglesia alemana en general y de la Compañía en particular.



lunes, 14 de agosto de 2017

PARA GLORIA DE DIOS Y GOZO DE LA IGLESIA

«Q
uapropter, postquam supplices etiam atque etiam ad Deum admovimus preces, ac Veritatis Spiritus lumen invocavimus, ad Omnipotentis Dei gloriam, qui peculiarem benevolentiam suam Mariae Virgini dilargitus est, ad sui Filii honorem, immortalis saeculorum Regis ac peccati mortisque victoris, ad eiusdem augustae Matris augendam gloriam et ad totius Ecclesiae gaudium exsultationemque, auctoritate Domini Nostri Iesu Christi, Beatorum Apostolorum Petri et Pauli ac Nostra pronuntiamus, declaramus et definimus divinitus revelatum dogma esse : Immaculatam Deiparam semper Virginem Mariam, expleto terrestris vitae cursu, fuisse corpore et anima ad caelestem gloriam assumptam».

Asunción de Juan Carreño de Miranda (c. 1657)

«P
or tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste». (Pio XII, Constitución Apostólica Munificentissimus Deus del 1º de noviembre de 1950)

viernes, 11 de agosto de 2017

SAN JOSEMARÍA Y SU APRECIO POR LA SOTANA

Padre J. A. Williams junto al Estrecho de Magallanes 
Punta Arenas, Chile

Cuando por los años setenta se generalizaba en la Iglesia el abandono de la sotana por un extraño afán de no manifestar externamente la condición sacerdotal, San Josemaría Escrivá no cesaba de inculcar a los sacerdotes la necesidad de vestir el traje sacerdotal, de modo particular el hábito talar. Suyas son las palabras que recojo a continuación, tomadas en coloquios o tertulias de aquellos años:

«Quiero insistir en que estiméis el traje talar, que tanto respeto nos merece. No es posible que nos dé vergüenza que nos reconozcan como lo que somos, como sacerdotes. Ahora que se habla tanto de testimonio, éste es un hermoso testimonio: ser hombres que no se avergüenzan de ser sacerdotes, que no se esconden, que no se disfrazan. Además, de otra forma, es muy difícil ir bien cuidado. La sotana tiene siempre una cierta dignidad».

«Los sacerdotes tenemos que mostrar que somos sacerdotes, de un modo que sea evidente para todos. Si no llevase una manifestación externa de mi sacerdocio, muchas personas que podrían acudir a mí en la calle, o en cualquier otro sitio, no vendrán porque no saben que soy ministro de Dios».

«Los fieles se sienten confirmados en la fe, asegurados en la fe, miran con un cariño loco al sacerdote que no se esconde».

Tres razones creo vislumbrar en estos textos que parecen validar suficientemente el uso de la sotana:

1° Testimonio: La sotana como vestimenta propia del sacerdote es ante todo un precioso testimonio de amor a la propia vocación y un hermoso signo de su pertenencia a Dios.
2° Servicio: La sotana manifiesta sobremanera la disposición del sacerdote de estar pronto a servir a las almas.
3° Dignidad: la sotana asegura al sacerdote un porte externo digno y conveniente a su condición de representante de Cristo y dispensador de los misterios de Dios.

Algo de esto atisbaba un joven monaguillo, con claras inquietudes vocacionales, cuando confidenciaba a sus padres: yo quiero ser sacerdote, pero de los de sotana.




martes, 8 de agosto de 2017

CUANDO EL MUNDO SE HACE OFRENDA

«Que Él nos transforme en ofrenda permanente», se dice en la Plegaria Eucarística III del Misal Romano. Solo Cristo, uniendo la creación entera a su propia inmolación, puede convertirla en ofrenda pura, en sacrificio da alabanza, en hostia santa; todo lo que no es «por Cristo, con Él y en Él» está destinado a perderse en la insignificancia. Así lo expresa un gran papa y doctor de la Iglesia:

«E
n efecto, es singularmente la hostia eucarística la que salva al alma de la muerte eterna, esa hostia que a través del misterio eucarístico renueva para nosotros la muerte del Unigénito, el cual, si bien habiendo resucitado de entre los muertos ya no muere y la muerte no le dominará nunca más, sin embargo, aunque en sí mismo vive de un modo inmortal e incorruptible, se inmola de nuevo por nosotros en este misterio de la sagrada ofrenda eucarística. Y es que en este sacramento se toma su cuerpo, se reparte su carne para la salvación del pueblo y se derrama su sangre, no ya a manos de los infieles, sino en la boca de los fieles.
Así pues, a partir de lo dicho pensemos cuánto valor tiene para nosotros este sacrificio que continuamente reproduce, por nuestro perdón, la pasión del Hijo Unigénito de Dios. ¿Pues qué fiel podría albergar alguna duda de que en el momento mismo del sacrificio eucarístico, a la voz del sacerdote, se abren los cielos; y de que en el misterio de Jesucristo asisten los coros de los ángeles, las profundidades se juntan con las alturas, la tierra se une a los cielos y de lo visible y lo invisible llega a hacerse una sola y misma cosa? (San Gregorio Magno, Diálogos, n° 60, 2–3. El destacado es nuestro).