viernes, 21 de julio de 2017

EL PADRE SOSA Y LAS VIEJAS RÚBRICAS


Por fin un jesuita iunctis manibus ante pectus, con las manos juntas ante el pecho, conforme a la antiquísima rúbrica del misal romano.

jueves, 20 de julio de 2017

UNA REFLEXIÓN SOBRE EL NOMBRE DE DIOS

La revelación del nombre de Dios contenida en el libro del Éxodo ha inspirado profundas reflexiones en muchos Padres y Doctores de la Iglesia. San Agustín nos ha dejado unas valiosas consideraciones sobre el misterio de Dios al meditar las respuestas que Dios da a Moisés sobre cuál es su nombre. Ser inmutable y eterno; Creador misericordioso amante de los hombres, son las principales notas que Dios ha querido revelar a su siervo Moisés. En los siguientes comentarios de San Agustín se puede apreciar una vez más, cómo su honda formación platónica y su fe profunda en la revelación divina, se funden en una armoniosa síntesis teológica al servicio de la comprensión de la fe: fides quærens intellectum.

«H
abla Dios a Moisés… Dice, pues: Yo soy el que soy; me envió el que es. Al preguntar por el nombre de Dios, se le contestó eso: Yo soy el que soy. Dirás a los hijos de Israel: El que es, me envió a vosotros. ¿Qué significa eso? ¡Oh Dios, oh Señor nuestro!, ¿cómo te llamas? Contesta: me llamo “Es”. ¿Y qué significa “Me llamo Es”? Que permanezco eternamente, que no puedo cambiar. Porque las cosas que cambian no son, pues no permanecen. ¿Qué significa permanecer? Lo que se muda fue algo y será algo; pero no es, puesto que es mudable. Luego la inmutabilidad de Dios se dignó presentarse con este vocablo: Yo soy el que soy».
¿Por qué entonces después se puso otro nombre al decir: Y dijo el Señor a Moisés: Yo soy el Dios de Abrahán. El Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Porque como Dios es inmutable, hizo todas las cosas por misericordia, y el mismo Hijo de Dios se dignó tomar carne mudable, permaneciendo en su ser Verbo de Dios, para venir y socorrer al hombre. Se dignó, pues, revestirse de carne mortal aquel que es, para que pueda decirse: Yo soy Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob». (San Agustín, Sermón VI sobre La vocación de Moisés, 4-5, Ed. BAC, Madrid 1981, Vol. VII, p. 106)

«D
ecía, pues, el ángel, y en el ángel el Señor a Moisés, cuando le preguntaba su nombre: Yo soy el que soy. Esto dirás a los hijos de Israel. El que es me envió a vosotros. Ser es vocablo de inmutabilidad. Todo aquello que cambia deja de ser lo que era y comienza a ser lo que no era. El ser es. Un ser verdadero, un ser puro, un ser auténtico no lo tiene sino aquel que no cambia. Él es el ser verdadero. De quien se dice: Todo lo cambias y se cambiará, pero tú eres siempre el mismo. ¿Qué significa: Yo soy el que soy, sino soy eterno? No soy criatura, ni cielo, ni tierra, ni ángel, ni virtud, ni trono, ni dominación, ni potestad. Siendo, pues, este nombre propio de eternidad, es mayor la dignación con que toma nombre de misericordia.
Yo soy Dios de Abrahán, y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Aquel nombre era para él, éste para nosotros. Si él hubiese querido ser sólo en sí mismo, ¿qué seríamos nosotros?  Si entendió, o mejor, puesto que entendió cuando le dijeron: Yo soy el que soy, el que es me envió a vosotros, creyó que esa sublimidad era excesiva para los hombres, y vio que esa sublimidad distaba mucho de los hombres. Porque quien entendiere dignamente lo que es y auténticamente es, y fuere tocado por la luz de la esencia veracísima, aunque sea repentinamente como un relámpago, se ve muy inferior, muy distante, muy desemejante… Dios reanima al que desespera, pues le vio temeroso, como diciéndole: porque he dicho: Yo soy el que soy, y también: El que es me envió, has entendido qué es el ser, y has desesperado de comprenderlo. Levanta la esperanza: Yo soy Dios de Abrahán, Dios de Isaac y de Jacob. Soy el que soy, soy el mismo ser, pero de modo que quiero estar con los hombres. Así, de algún modo podremos buscar a Dios y descubrir al que es; y por cierto, no está lejos de cada uno de nosotros: pues en él vivimos, nos movemos y somos. Por lo tanto, alabemos su esencia y amemos su misericordia» (San Agustín, Sermón VII sobre La zarza que arde, 7, Id p. 117).

domingo, 16 de julio de 2017

VIRGEN DEL CARMEN BELLA

Tu gloria Ierusalem, tu lætitia Israel,
tu honorificentia populi nostri

Tú eres la gloria de Jerusalén, la alegría de Israel,
el honor de nuestro pueblo

sábado, 15 de julio de 2017

SAN BUENAVENTURA, RENDIDO POR LA CIENCIA DE LA CRUZ

Hacia el final de su opúsculo espiritual La vida mística o tratado de la pasión del Señor, San Buenaventura pone en labios de Cristo, como resumen de lo que nos ha querido enseñar con su pasión y cruz, esta conmovedora súplica: «Premia mi Encarnación y Pasión, entregándote todo a mí. Por ti me encarné, por ti padecí. Yo me di a ti; date tú a mí». Luego cierra su escrito con esta oración humilde y encendida:

«¡Oh dulcísimo buen Jesús! Padre de las lumbres de quien procede toda dádiva buena y doto don perfecto (Sant 1, 7), mira con ojos de misericordia a los que humildes te confesamos, a nosotros que verdaderamente sabemos que nada podemos hacer sin Ti; Tú, que te diste en precio de nuestro rescate, haz que, aunque menos dignos de tanto precio, nos rindamos a tu gracia íntegramente, perfectamente y en todo; y así conformados a la imagen de tu pasión, recobremos también aquella que perdimos pecando, la imagen de tu divinidad. Por nuestro Señor. Amén». (San Buenaventura, en Diez opúsculos místicos, Buenos Aires 1947, p. 347)

jueves, 13 de julio de 2017

ENLOQUECIDA POR EL AMOR


Si el Evangelista Juan pudo escribir: «hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), a Santa Teresa de los Andes se le podría atribuir, parafraseando al discípulo amado, una sentencia similar: he conocido el amor que Dios me tiene y he enloquecido por él. Solo un crecimiento vertiginoso en el amor a Dios puede explicar que un alma pura y delicada, antes de alcanzar los 20 años, fuera elevada a las más altas cumbres de la santidad y de la contemplación infusa.
Teresa desde muy joven se sintió cautivada por el Corazón de Cristo: «En este instante estoy presa por Él. Me tiene encarcelada en el horno del amor. Vivo en él, mi hermana querida. ¡Qué paz, qué dulzura, qué silencio, qué mar de bellezas encierra ese divino Corazón!». Locura es el término más apropiado para describir su vida. Al poco tiempo de entrar en el Carmelo, escribe una carta a su hermano Luis donde se halla una de sus frases célebres: «Cuando una ama, no puede hablar sino del objeto amado. ¿Qué será cuando el objeto amado reúne en sí todas las perfecciones posibles? No sé cómo puede hacer otra cosa que contemplarle y amarle. ¿Qué quieres si Jesucristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca»?
¡Cuánta razón llamar a los santos los locos de Cristo! ¡Y qué locura más razonable y dichosa!

sábado, 8 de julio de 2017

PRIMERA MISA SOLEMNE EN LA CATEDRAL DE PAMPLONA

E
n el grandioso templo de la Catedral de Pamplona, el joven sacerdote José María Egurrola, natural de Bilbao y perteneciente al Instituto del Buen Pastor, celebró su primera misa solemne en la forma extraordinaria del rito romano.  A continuación algunos momentos de la emotiva y hermosa celebración, que tuvo lugar el pasado 4 de julio.




jueves, 6 de julio de 2017

SUMMORUM PONTIFICUM, UN ACTO DE JUSTICIA

Gratias tibi o Benedicte!

Con motivo del décimo aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum por el que Benedicto XVI levantó las absurdas trabas que pesaban sobre el uso de la antigua liturgia, me parece interesante releer un texto extraído de las memorias del papa Ratzinger, cuya atenta lectura ayuda a comprender hasta qué punto a sus ojos Summorum Pontificum era un acto de justicia que no consentía más demora. En este aniversario agradecemos de todo corazón al papa emérito haber devuelto a la Iglesia lo que era suyo, lo que no podía dejar de pertenecerle, y que de un modo hasta entonces desconocido se le había arrebatado.

«P
ara la mayor parte de los padres conciliares la reforma propuesta por el movimiento litúrgico no constituía una prioridad; más aún, para muchos de  ellos ni siquiera era un tema a tratar. Por ejemplo, el cardenal Montini, que después, como Pablo VI, se convirtió en el verdadero papa del Concilio, al presentar su síntesis temática al comienzo de los trabajos conciliares, había dicho con claridad que él no alcanzaba a encontrar en este asunto ninguna tarea especial para el Concilio. La liturgia y su reforma se habían convertido, desde el final de la Primera Guerra Mundial, en una cuestión apremiante solo en Francia y Alemania y, de un modo más preciso, desde el punto de vista de una restauración lo más pura posible de la antigua liturgia romana; a ello se unía también la exigencia de una participación activa del pueblo en el acontecimiento litúrgico. Estos dos países, entonces teológicamente en primer plano (a los que se necesitaba añadir obviamente Bélgica y Holanda), consiguieron obtener en la fase preparatoria que se elaborase un esquema sobre la Sagrada Liturgia, que se insertaba de un modo más bien natural en la temática general de la Iglesia. Que después este texto haya sido el primero en ser examinado por el Concilio no dependió en absoluto de que creciera un interés por la cuestión litúrgica en la mayoría de los padres, sino del hecho de que no se preveía que hubiera grandes polémicas y de que, en cualquier caso, se consideraba el conjunto como objeto de un ejercicio en el que se podían aprender y experimentar los métodos de trabajo del Concilio. A ninguno de los padres se le habría pasado por la cabeza ver en este texto “una revolución” que habría significado el “fin del Medievo”, como a la sazón algunos teólogos creyeron deber interpretar…»
«En este contexto, no sorprende que la “misa normativa” que debía entrar –y entró– en el lugar del Ordo missæ precedente fuese rechazada por la mayor parte de los padres convocados en un sínodo especial en el año 1967. Que algunos (¿o muchos?) liturgistas que estaban presentes como asesores tuviesen ya desde el principio la intención de ir mucho más allá, hoy se puede deducir de algunas de sus publicaciones; no obstante, seguramente no habrían recibido el consentimiento de los padres a estos deseos» (Joseph Ratzinger, Mi vida, Ed. Encuentro, Madrid 2005, p. 119-121).

lunes, 3 de julio de 2017

CARDENAL BURKE: NO PARECE QUE LA ANTIGUA LITURGIA SEA COSA DE CARCAMALES

Cardenal R. L. Burke. Foto Fratres in Unum
Extracto de la entrevista concedida por el cardenal R. Leo Burke a la página católica Fratres in Unum, durante su reciente estancia en Brasil.
El próximo mes el motu proprio Summorum Pontificum cumple 10 años. ¿Cuál es la importancia de este documento para crecer en el amor a la Sagrada Eucaristía y cómo valora su Eminencia la recepción y aplicación que ha tenido?

«El documento es importantísimo porque después del Concilio Vaticano II se difundió la idea de una nueva liturgia, o dicho con otras palabras, una Sagrada Liturgia completamente diferente a la que la Iglesia venía celebrando durante siglos. Por ejemplo, la forma de la Santa Misa se había mantenido prácticamente sin cambios desde la época de San Gregorio Magno. Luego, sucedió que el rito de la misa fue en primer lugar acortado drásticamente, muchas de sus riquezas fueron eliminadas, y lo que volvió la situación aún peor, fueron las experiencias litúrgicas que se realizaron con el rito.
Y así, con tantas experiencias mundanas, en las que el hombre es colocado como centro, se perdió el sentido de que la misa es una acción de Cristo mismo. Es Cristo quien actúa en la Santísima Eucaristía para hacer presente sacramentalmente su sacrificio del Calvario. Así, el Papa Benedicto XVI ha expresado muy claramente en su carta a los obispos con ocasión de la promulgación del motu proprio Summorum Pontificum, que era su esperanza de que la celebración de las dos formas del único Rito Romano sirviera para restaurar el sentido de lo sagrado en la Sagrada Liturgia. Parece extraño decirlo, pero desde la promulgación del motu proprio, hubo cierta resistencia por parte de algunos obispos y sacerdotes, si bien por parte de otros obispos, sacerdotes y valerosos fieles, hubo un gran sentimiento de alegría, al ver restaurada la hermosa forma de la Misa tal como fue conocida durante siglos. Y veo, en donde voy a celebrar la forma extraordinaria de la misa, que siempre hay un gran número de fieles, entre ellos muchos jóvenes y también jóvenes familias, y esto me muestra que la forma extraordinaria del Rito Romano es importantísima para comunicar el don incomparable que es la Sagrada Eucaristía. A veces, escucho: “¡Ah, tendremos la forma extraordinaria solo hasta que todos estos viejos se mueran!”. Sí, hay personas mayores, como yo, que aman la forma extraordinaria de la Misa; pero hay muchos, muchos jóvenes que, a diferencia de mí, nunca la conocieron cuando niños, pero han llegado a conocerla ahora y están muy, pero muy vinculados a ella».

sábado, 1 de julio de 2017

SUMÉRJAME EN LA SANGRE DE CRISTO

El calendario de la forma extraordinaria del rito romano celebra hoy la fiesta de la preciosísima Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Maravilloso misterio que no ha cesado de introducir a los discípulos de Cristo, comenzando por los apóstoles Pedro y Pablo, por caminos de amorosa contemplación hacia su Redentor.  La admiración de Pedro por haber sido rescatados de nuestro vano vivir «no con plata y oro corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1, 19); la constante exaltación que Pablo hace de la sangre de Cristo como medio de nuestra justificación (Cf Rom 5, 9; Ef 1, 7); la ardiente y conocida súplica de Ignacio: «Sangre de Cristo, embriágame»; la conmovedora insistencia con que Isabel de la Trinidad pide a los sacerdotes que se acuerden de ella en el altar y sumerjan su alma en la Sangre del Cordero para que sea bautizada, bañada y empapada por esa Sangre de la que está sedienta (cf M.M. Philipon, Doctrina espiritual de sor Isabel de la Trinidad, Buenos Aires 1943, p. 1984); el ansia apostólica de Josemaría al considerar que cada alma ha costado a Cristo «toda su Sangre» (Forja n° 881), bastan para testimoniar hasta qué punto hemos de amar la Sangre redentora de Cristo y trabajar para que ni una sola gota haya sido derramada en balde.